martes, 29 de diciembre de 2015

Poesía guarra

   miedo. 1.m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.

Poesía de guerra.
Hecha con prisas, hecha con restos
hecha sin rima, hecha sin versos.
Poesía guarra.
Para cuando no tienes tiempo de contar sílabas,
ni balas.
Para cuando los principios los vendiste a cambio de dejar de oír noticias malas.
Poesía guarra.

La prensa compra muertos,
la Bolsa vende armas.
Mientras
cuñados malgastan palabras;
discuten a voces
si ojo por ojo
si bomba por bala.
Si el mundo acabará tuerto.
Y qué más da
si ciego ya estaba.

Poesía de guerra.
Escrita con el corazón, si,
pero no pa' guardar sentimientos.
Sólo refleja mi miedo
hacia vuestros pensamientos.
¿Qué somos
soldados o bailarinas?
Vosotros
marines de tontería
que bailan
siguiendo una coreografía
que dictan los medios a ritmo del clic de las armas.
"Si sale en portada esa idea se convierte en mía".
Con calma:
Assemble, releve, passe
de miles de muertos en el Méditerráneo
lloré
por Aylan caído en la arena, ahogado en el barro.
Ignoré
a cientos de miles que no bailaban
sino morían
con cada explosión de bomba que retumbaba
"BATACLAN"
  bataclán
  bataclán.

Y aplaudí.
Y aplaudisteis.

Miedo a que por unos días consiguieron hacerme dudar de mis principios. De mis ideas. Miedo a que la guerra nos hizo pensar que la solución era la guerra.
Bailemos. Bailemos, sí, pero al ritmo del bajo.

             

lunes, 18 de agosto de 2014

Desde Suiza,con amor.

— Estar enamorado es una excursión. Querer a alguien es un viaje que llevabas años deseando hacer y finalmente, el avión despega. —

Érase una vez, en una litera de albergue, un joven que se debatía en cómo contarle al mundo lo mucho que le gustaba la persona a la que quería.
Empezó escribiendo lo típico:
la sonrisa tan abierta que a él le abría el corazón y a ella le cerraba los ojos. Bonitos, pero esa no es la palabra. Tanto que hacían que mereciese la pena besar sin cerrarlos. Esa peca tan bien situada, al lado de la nariz, a media altura sobre la boca. Él, que algo de astronomía sabía porque le había enseñado su papá de pequeño, descubrió pronto aue la estrella polar aue todo el mundo quiere ver en la osa menor la tenía ella. Ahí, bajo el ojo. Y que al igual que de día el Sol no deja ver constelaciones, no era que la estrella estuviese apagada, sino que cuando la miraba a ella entera, brillaba demasiado.

No. No sólo le gustaba así.

Esos labios que no sólo se dejaban morder, sino que mordían, ese camino hacia abajo, que descendía por el cuello pero aun siendo cuesta abajo era una escalada. Tramo a tramo; con campamento base en sus pezones a los que siempre se moría de ganas de volver, porque aun sabiendo la maravilla que es la cima, a todo el mundo le cuesta marcharse de un hotel de cinco estrellas. El tramo más complicado de la ascensión quizá fuese atreverse a separar la lengua de la piel.

Tampoco. No había hablado aún de lo que había por dentro.

Pero no. Escribir está bien para los poetas. Para los cuentos de princesas. Para hablar a cualquiera de cualquier otro. Para contarle al mundo que tenía el pelo rojo, que antes era rubia, que probablemente fuese la mujer más bonita del mundo, o que eso era lo que se creía él.

Para decir lo que quería decir él... bueno, lo cierto es que tampoco necesitaba compartirlo con nadie. La verdad es que ella era lo mejor que nadie podría escribir nunca sobre la persona a la que tanto quería.

lunes, 30 de junio de 2014

Si ves una rubia, corre.

Nos encanta sentirnos más seres humanos que animales. Supongo que es el mismo tipo de impulso que nos lleva buscar cosas en las que somos exclusivos: "este color de ojos, este lunar en la punta del dedo, lo bien que toco el piano, lo duro que tengo el corazón...". Nos encanta ser especiales, aunque nos horroriza ser diferentes al resto; creo que tiene que ver con la lucha entre la instintiva búsqueda de formar parte de la manda y el razonamiento de creer ser mejores por ser únicos. Un agradable caos muy curioso metido en nuestra cabecita al que creo tener derecho de culpar de la existencia de la cultura/movimiento/moda jister.
A mi que soy muy jister, por ejemplo (no porque sea un egocéntrico enamorado del hablar de uno mismo, que quizá): me encanta sentirme muy animal. Principalmente para creerme diferente a todos los que se piensan seres humanos. También hay una componente importante de ecologismo. Y por supuesto, porque los animales se mueven por instintos; y si existe una autoexcusa incluso mejor que el alcohol, es el poder de la naturaleza.
Veamos, yo soy fiel creyente de la naturaleza, del cambio climático, de la homeopatía y de que los delfines se masturban yendo en la estela de los barcos. Del Big Bang ya menos porque es más cansado de pensar y soy mentalmente vago. Si un ratón sabe que si se asoma cuando se oye un ulular de búho se gana un viaje volando, si una polilla sabe que tiene que ir hacia la luz porque le espera la cachonda de Entre fantasmas, si un pez sabe que si después de saltar cae fuera del agua más le vale volver, y todos acaban muriendo; y ninguno de ellos es racional sino que hay una misteriosa fuerza en su cabeza (misteriosa mis cagaos) que les hace pensar todo eso ¿por qué yo, simple humano, no voy a funcionar igual con las rubias? ...."Sal corriendo inepto patán".... Y no. Si hubiese nacido oso, no me pasaría, culpa de los instintos, o de la naturaleza. Eso si, mi madre se habría llevado un disgusto considerable.

En resumen, que somos naturaleza por mucho que lo intentemos ocultar. Y viendo lo que nos importa el medio ambiente; o nos gusta autodestruirnos, lo cual significa que nos va el sado-maso (que me da muy mal rollo), o tenemos que echarle la culpa a algún instinto raro. Yo en las reflexiones de esta noche me quedo con esta solución.
No me preguntéis mañana que probablemente esté mucho más persona y lo niegue todo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

O mar é negro

Hace dos domingos que no escribo, así que hoy me toca quedarme más rato a recuperar horas. La oficina está oscura y por la ventana se ve la luna reflejarse en la ría. Allí al fondo las Cíes acechan como piratas la playa de Samil. Están tontas, en estas épocas del año las niñas bonitas de Vigo no bajan a la arena a dejarse desnudar por su novio.

No me gusta trabajar de noche, no me gusta ver la mar negra.

La pantalla del ordenador, en lo que se enciende, está tan negra como la mar, como el cielo. Me refleja, mi cara está ahí, quizá un poco más ancha por la curvatura propia de la pantalla. Y me doy cuenta de que sí, me refleja perfectamente, se ve negra. La cabeza negra. Desde el Domingo pasado (si, el que no escribí) se me ve más oscuro, y no es moreno, en Noviembre nadie se pone moreno en Galicia. Ya estamos a Martes y las cosas no hacen más que oscurecer, van a juego con el cielo en el horizonte. Tiene que estar habiendo unas tormentas terribles allí en alta mar, y nos van a llegar mañana mismo. Espero que a mi no.

Cuando he salido de casa Lua estaba preciosa. Se había puesto un vestido rojo, tan ceñido que al tocarle el culo empecé a dudar de si igual sólo se lo había pintado. Preciosa, de verdad. Se iba al cine, a ver Callas Forever, sale Jeremy Irons creo. Si. Estaba preciosa, con todo su enfado encima dirigido hacia mi persona. El ceño fruncido, los ojos azules entrecerrados mirándome casi con odio, la barbilla alta, desafiante, dejando ver todo su cuello. Pálido. Suave. Y madre mía qué escote tiene el vestido rojo. Cuando me enamoré de ella nunca me la hubiera imaginado dentro de un vestido como ese. No habría tardado tanto en pedirla matrimonio. Estaba realmente preciosa. Me dio un beso para despedirse, pero de estos falso que se dan con la mejilla. He decidido pensar que era para no llenarme de carmín. Rojo, a juego con el vestido y los zapatos de tacón alto. Parece que el cine ahora tiene tanto caché como la ópera, hacía mucho tiempo que no la veía tan arreglada.

Gracias a las discusiones de estos últimos días estoy aquí, mirando cómo la pantalla del ordenador parpadea en azul con la ventanita de Windows, imaginándome cómo la habría impedido ir. El vestido colgado cuidadosamente en una percha, la calma que precede a la tempestad, como allá en el horizonte. El sujetador acaba encima del armario, mi toalla de recién salido de la ducha haciendo contrapeso en la esquina opuesta de la habitación. Al igual que sus zapatos, que intentan equilibrar la balanza uno a cada lado de la cama. Y en el medio, en un equilibrio que parecería imposible hasta en el Circo del Sol, miradas con más pasión que el rojo de su boca, rojo que acabará adornando pieles que nunca soñarían con ser maquilladas. Las gargantas perfectamente afinadas para hacerle subir el volumen de la tele al vecino de arriba según vayan rasgueando las uñas nuestras espaldas.            La melodía de inicio de sesión acaba con la mía, cosa que agradece la bragueta de mis pantalones. Y mi cabeza, que sabiendo que todo es negro, no terminaba de entender por qué tanto colorido.

La oficina está vacía, pero compruebo que no hay nadie mirándome antes de abrir el periódico en el Internet Explorer. Viejas costumbres. Los titulares ya los he visto todos a la hora de comer, pero empezar a trabajar sin seguir la rutina puede provocar algún tipo de catástrofe que no estoy dispuesto a cargar sobre mis espaldas: Gescartera pagando plusvalías falsas a la iglesia, el tipo este del bigote ignorando los peores datos del paro desde el 83, hambrunas en Etiopía... ciertamente, no creo que el periódico pueda decirnos que nos pasan cosas peores. Bueno. No lo creo está mal dicho, lo creía hasta hace 30 segundos. En la parte de abajo de la columna derecha del periódico suelen poner cosas del cine: "Estreno este Viernes 15 de Callas Forever". Mierda, Lua. Dónde estás.

Creo que en dos minutos ya le he hecho cinco llamadas de diez minutos cada una y no ha cogido ninguna. Igual debería haberme saltado la rutina. Con la cara entre las manos miro por la venta, igual ha sido un mal entendido, igual el vestido rojo no está hecho un rebujo al pie la cama de un desconocido, igual ningún vecino de arriba está cagándose en mi mujer. Igual.     ¿Por qué la luna ya no se ve reflejada en la mar? ¿Dónde mierdas se ha metido? No me puedo creer que la tormenta ya esté aquí. Pero si. La mar está picada, y la luna ya no está.

Apago el ordenador. Probablemente me despidan, demasiado trabajo atrasado, pero necesito encontrar la luna. Mi madre de pequeño me decía que como nací en la mar cuando no supiese algo, ella sabría. Pero no, me ha quitado el brillo de mi luna. Debería dormirme, esperar a mañana, a que la mar deje de estar negra, quizá yo también deje de estarlo.

Y con la cama más fría que ningún otro 13 de Noviembre en toda mi historia de gallego, intento dormirme. Pero la tormenta no me deja. Truenos. Lluvia. Y mareos. La cama sube, baja, vuelca, me golpea por todos lados. Y truenos. Y lluvia. Y  más mareos. Y la cama que sube, baja vuelca, me golpea por todos lados. Truenos, lluvia, mareos, la cama, golpes de mar, no creo que lo pueda resistir mucho más. Truenos, lluvia, truenos, lluevo, mareos la cama que...

A las 4.30 llega Lua. El rimmel corrido, el pelo completamente despeinado y su cara de susto al verme me hacen pensar que igual la peli era de miedo.

Y me echo a llorar. En 11 años es la primera vía de agua que me abre.


Lo que yo no sé es que soy monocasco, que es la primera y la última. Lo que yo no sé es que mañana cuando amanezca, la mar, mi mar, no habrá dejado de estar negra. Y por su puesto, permaneceré fiel a la ría y por nada del mundo yo dejaré de estarlo.

Lua ha desaparecido para siempre. No nos volveremos a reflejar. Yo el barco, ella la tormenta.

-madrugada del 13 de Noviembre, 2002-


Lo que él tampoco sabía era que esa gente del periódico que empezó a destrozar su noche, 6 días después lo hundiría por completo. Decidirían jugar a ser médicos no siendo ni curanderos. Médicos que se irían al bosque a cazar cuando viesen que, ciertamente, no saben cómo curarlo, cómo sacarlo de su depresión, cómo hacer que en su mundo negro se reflejen al menos las estrellas. Médicos que lo matarán.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Morir por principios no es morir por amor.

Medía metro ochenta y cuatro, espalda de pasar dos horas diarias en el gimnasio, el pelo cortado al 2 y los ojos azul nazi. La mitad derecha de su cara se parecía bien poco a la izquierda y su voz aguda le había tenido acomplejado toda la vida.
Creía en Dios, en Las Vegas y que los cabrones de los americanos habían grabado su vídeo de la llegada a la luna en el desierto.
Para él el amor era lo que siente la señora de las tetas operadas que sale de madrugada en el canal 7 y que se abre de piernas ante el pizzero porque no tiene para pagarle. Los enamorados estaban casi al nivel de los maricones. Sólo que estos últimos se parecían más aún a las mujeres.

Era domingo, de Marzo, y aún hacía frío de cojones por la mañana, pero al despertarse lo único que sintió fue la cabeza. O la resaca. Al menos durante el primer minuto. Lo siguiente que notó fue que el colchón era más blando que de normal, y que él antes no tenía ese póster en la pared de un subnormal con el pelo naranja y un rayo pintado en la cara.
Coño. Como que no era su habitación. Según se fue a poner de pie notó un condón usado bajo su pie y un dolor de lo más desagradable al final de la espalda, entrando por el ano. Con más miedo que vergüenza, y más blanco que el de los ojos, se giró para confirmar que no estaba solo en la cama. Pero no pudo, estaba solo. Cruzó el salón para ir al baño, había una estantería llena de cine de japos, un disco de Queen en la mesa y tres libros de Carlos Salem tirados en el sofá. La encimera del baño estaba llena de cremas, espuma y cuchillas de afeitar, un guante de crin de caballo y la tapa del water levantada. Se encendió un cigarro y se sentó en el borde de la bañera.

Según acabó de fumar se acordó de toda la noche anterior. O al menos de la parte de cama, de la cara de Javier y de la conversación del miércoles pasado en el bar, de las risas con los colegas porque un maricón acababa de entrar a pedir una infusión. Se metió en la bañera, cogió una cuchilla de afeitar y se rajó la muñeca desde el pulgar hasta el codo.
Según salía la sangre a borbotones recordó todo aquello que le había costado tanto olvidar. Cómo a los 13 años le gustaba cantar a coro con David Bowie. A los 15 se puso a ahorrar para intentar comprar una entrada de un concierto de Mercury y no lo consiguió. Hacía dos años aquella novia moderna le llevó a un ciclo de cine surcoreano y le gustó (aunque dijo que esas putas mierdas se las tragase ella y la dejó allí mismo).
Con las últimas fuerzas que le quedaban se levantó y escribió su número con sangre en el espejo.

Murió en el suelo desangrado preguntándose si la pobre diablo del canal 7 se enamoraría alguna vez.


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domingo, 23 de junio de 2013

Todo se para un momento.

No sé si alguien dijo "los sueños sueños son", pero en caso de hacerlo no se equivocaba. Todos tenemos sueños que nos morimos por hacer realidad. No sé si también todos tenemos sueños que nos da miedo hacer realidad, pero yo si. ¿Y si la realidad no supera la ficción? ¿Y si sólo se queda en fricción, y el roce no hace el cariño sino que nos convierte en imanes intentando darse besos polo con polo negativos?

Hay veces que sale más rentable soñar un sueño veinte veces a intentar hacerlo realidad una. Si, quien no arriesga no gana, pero esta vez no me da la gana perder.

Incluso hay momentos que se me quitan las ganas de ganar.


martes, 11 de junio de 2013

Vómito social

Últimamente estoy cada vez más convencido de que cuando escribes, has de hacerlo claro. Dejarse de metáforas, hipérbolas y vueltas de hoja con las que expresar lo que querías decir. Siempre existe la remota posibilidad de que el gilipollas del que estás hablando, te lea. Y como buen gilipollas que es no te va a entender si te enredas.
He llegado a casa y estaba @masaenfurecida retuiteándo al típico adolescente, carente de criterio, educado a golpe de rabo en la frente, diciendo que los movimientos comunistas actuales eran adoctrinamiento. ADOCTRINAMIENTO. POR FAVOR. Si esos adolescentes enloquecidos son los únicos que se acuerdan de qué iba el Manifiesto Comunista, ¿quién cojones se iba a molestar en adoctrinarlos? ¡¿Los del PSOE?! Joder. Adoctrinamiento es lo que tienes tú en la cabeza, que te ves la sangre color roja y ya tienes miedo de que igual te estás convirtiendo en "un perroflauta de esos de la izquierda".
Obviamente el muy gilipollas era de Nuevas Generaciones; lo suficiente pardillo como para creerse que "los inmigrantes están mal" pero sin los cojones necesarios para ser de falange. Sale el niño tonto, que se cree conservador, con ideas de extrema derecha y con miedo a que le llamen fascista.

"Orgulloso de ser español"

Lo primero que fracasa de ese orgullo es la necesidad de repudiar al extranjero, de amar el mundo taurino y de rechazar el progreso social. Si para ser español hay que ser gilipollas yo me retiro. Si para ser un español de verdad hay que tener alguna ideología, simpatía hacia un cuerpo militar o simplemente tener cariño a una bandera, me mudo de país. Prefiero negar mis raíces y mi multicultural historia a tener que admitir por voluntad propia que soy gilipollas.

Creo que lo peor de tanto gilipollas suelto es esa extraña costumbre social por la que si les sueltas una hostia pierdes la razón. Ellos ahí, siendo gilipollas libremente, con lo que nos jode a los demás, y yo sin poderles dar una hostia. De verdad, sólo le quiero dejar un ojo morado. Os juro que es mucho más violento oirlos, o simplemente leerles, que reventarles el cráneo con un bate de baseball. O beisbol, que no quiero que se piense la gente que soy un sociata progre de esos que mezclan nuestro purísimo castellano con el idioma rastrero de los yankis.