— Estar enamorado es una excursión. Querer a alguien es un viaje que llevabas años deseando hacer y finalmente, el avión despega. —
Érase una vez, en una litera de albergue, un joven que se debatía en cómo contarle al mundo lo mucho que le gustaba la persona a la que quería.
Empezó escribiendo lo típico:
la sonrisa tan abierta que a él le abría el corazón y a ella le cerraba los ojos. Bonitos, pero esa no es la palabra. Tanto que hacían que mereciese la pena besar sin cerrarlos. Esa peca tan bien situada, al lado de la nariz, a media altura sobre la boca. Él, que algo de astronomía sabía porque le había enseñado su papá de pequeño, descubrió pronto aue la estrella polar aue todo el mundo quiere ver en la osa menor la tenía ella. Ahí, bajo el ojo. Y que al igual que de día el Sol no deja ver constelaciones, no era que la estrella estuviese apagada, sino que cuando la miraba a ella entera, brillaba demasiado.
No. No sólo le gustaba así.
Esos labios que no sólo se dejaban morder, sino que mordían, ese camino hacia abajo, que descendía por el cuello pero aun siendo cuesta abajo era una escalada. Tramo a tramo; con campamento base en sus pezones a los que siempre se moría de ganas de volver, porque aun sabiendo la maravilla que es la cima, a todo el mundo le cuesta marcharse de un hotel de cinco estrellas. El tramo más complicado de la ascensión quizá fuese atreverse a separar la lengua de la piel.
Tampoco. No había hablado aún de lo que había por dentro.
Pero no. Escribir está bien para los poetas. Para los cuentos de princesas. Para hablar a cualquiera de cualquier otro. Para contarle al mundo que tenía el pelo rojo, que antes era rubia, que probablemente fuese la mujer más bonita del mundo, o que eso era lo que se creía él.
Para decir lo que quería decir él... bueno, lo cierto es que tampoco necesitaba compartirlo con nadie. La verdad es que ella era lo mejor que nadie podría escribir nunca sobre la persona a la que tanto quería.
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