Medía metro ochenta y cuatro, espalda de pasar dos horas diarias en el gimnasio, el pelo cortado al 2 y los ojos azul nazi. La mitad derecha de su cara se parecía bien poco a la izquierda y su voz aguda le había tenido acomplejado toda la vida.
Creía en Dios, en Las Vegas y que los cabrones de los americanos habían grabado su vídeo de la llegada a la luna en el desierto.
Para él el amor era lo que siente la señora de las tetas operadas que sale de madrugada en el canal 7 y que se abre de piernas ante el pizzero porque no tiene para pagarle. Los enamorados estaban casi al nivel de los maricones. Sólo que estos últimos se parecían más aún a las mujeres.
Era domingo, de Marzo, y aún hacía frío de cojones por la mañana, pero al despertarse lo único que sintió fue la cabeza. O la resaca. Al menos durante el primer minuto. Lo siguiente que notó fue que el colchón era más blando que de normal, y que él antes no tenía ese póster en la pared de un subnormal con el pelo naranja y un rayo pintado en la cara.
Coño. Como que no era su habitación. Según se fue a poner de pie notó un condón usado bajo su pie y un dolor de lo más desagradable al final de la espalda, entrando por el ano. Con más miedo que vergüenza, y más blanco que el de los ojos, se giró para confirmar que no estaba solo en la cama. Pero no pudo, estaba solo. Cruzó el salón para ir al baño, había una estantería llena de cine de japos, un disco de Queen en la mesa y tres libros de Carlos Salem tirados en el sofá. La encimera del baño estaba llena de cremas, espuma y cuchillas de afeitar, un guante de crin de caballo y la tapa del water levantada. Se encendió un cigarro y se sentó en el borde de la bañera.
Según acabó de fumar se acordó de toda la noche anterior. O al menos de la parte de cama, de la cara de Javier y de la conversación del miércoles pasado en el bar, de las risas con los colegas porque un maricón acababa de entrar a pedir una infusión. Se metió en la bañera, cogió una cuchilla de afeitar y se rajó la muñeca desde el pulgar hasta el codo.
Según salía la sangre a borbotones recordó todo aquello que le había costado tanto olvidar. Cómo a los 13 años le gustaba cantar a coro con David Bowie. A los 15 se puso a ahorrar para intentar comprar una entrada de un concierto de Mercury y no lo consiguió. Hacía dos años aquella novia moderna le llevó a un ciclo de cine surcoreano y le gustó (aunque dijo que esas putas mierdas se las tragase ella y la dejó allí mismo).
Con las últimas fuerzas que le quedaban se levantó y escribió su número con sangre en el espejo.
Murió en el suelo desangrado preguntándose si la pobre diablo del canal 7 se enamoraría alguna vez.
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