lunes, 25 de noviembre de 2013

O mar é negro

Hace dos domingos que no escribo, así que hoy me toca quedarme más rato a recuperar horas. La oficina está oscura y por la ventana se ve la luna reflejarse en la ría. Allí al fondo las Cíes acechan como piratas la playa de Samil. Están tontas, en estas épocas del año las niñas bonitas de Vigo no bajan a la arena a dejarse desnudar por su novio.

No me gusta trabajar de noche, no me gusta ver la mar negra.

La pantalla del ordenador, en lo que se enciende, está tan negra como la mar, como el cielo. Me refleja, mi cara está ahí, quizá un poco más ancha por la curvatura propia de la pantalla. Y me doy cuenta de que sí, me refleja perfectamente, se ve negra. La cabeza negra. Desde el Domingo pasado (si, el que no escribí) se me ve más oscuro, y no es moreno, en Noviembre nadie se pone moreno en Galicia. Ya estamos a Martes y las cosas no hacen más que oscurecer, van a juego con el cielo en el horizonte. Tiene que estar habiendo unas tormentas terribles allí en alta mar, y nos van a llegar mañana mismo. Espero que a mi no.

Cuando he salido de casa Lua estaba preciosa. Se había puesto un vestido rojo, tan ceñido que al tocarle el culo empecé a dudar de si igual sólo se lo había pintado. Preciosa, de verdad. Se iba al cine, a ver Callas Forever, sale Jeremy Irons creo. Si. Estaba preciosa, con todo su enfado encima dirigido hacia mi persona. El ceño fruncido, los ojos azules entrecerrados mirándome casi con odio, la barbilla alta, desafiante, dejando ver todo su cuello. Pálido. Suave. Y madre mía qué escote tiene el vestido rojo. Cuando me enamoré de ella nunca me la hubiera imaginado dentro de un vestido como ese. No habría tardado tanto en pedirla matrimonio. Estaba realmente preciosa. Me dio un beso para despedirse, pero de estos falso que se dan con la mejilla. He decidido pensar que era para no llenarme de carmín. Rojo, a juego con el vestido y los zapatos de tacón alto. Parece que el cine ahora tiene tanto caché como la ópera, hacía mucho tiempo que no la veía tan arreglada.

Gracias a las discusiones de estos últimos días estoy aquí, mirando cómo la pantalla del ordenador parpadea en azul con la ventanita de Windows, imaginándome cómo la habría impedido ir. El vestido colgado cuidadosamente en una percha, la calma que precede a la tempestad, como allá en el horizonte. El sujetador acaba encima del armario, mi toalla de recién salido de la ducha haciendo contrapeso en la esquina opuesta de la habitación. Al igual que sus zapatos, que intentan equilibrar la balanza uno a cada lado de la cama. Y en el medio, en un equilibrio que parecería imposible hasta en el Circo del Sol, miradas con más pasión que el rojo de su boca, rojo que acabará adornando pieles que nunca soñarían con ser maquilladas. Las gargantas perfectamente afinadas para hacerle subir el volumen de la tele al vecino de arriba según vayan rasgueando las uñas nuestras espaldas.            La melodía de inicio de sesión acaba con la mía, cosa que agradece la bragueta de mis pantalones. Y mi cabeza, que sabiendo que todo es negro, no terminaba de entender por qué tanto colorido.

La oficina está vacía, pero compruebo que no hay nadie mirándome antes de abrir el periódico en el Internet Explorer. Viejas costumbres. Los titulares ya los he visto todos a la hora de comer, pero empezar a trabajar sin seguir la rutina puede provocar algún tipo de catástrofe que no estoy dispuesto a cargar sobre mis espaldas: Gescartera pagando plusvalías falsas a la iglesia, el tipo este del bigote ignorando los peores datos del paro desde el 83, hambrunas en Etiopía... ciertamente, no creo que el periódico pueda decirnos que nos pasan cosas peores. Bueno. No lo creo está mal dicho, lo creía hasta hace 30 segundos. En la parte de abajo de la columna derecha del periódico suelen poner cosas del cine: "Estreno este Viernes 15 de Callas Forever". Mierda, Lua. Dónde estás.

Creo que en dos minutos ya le he hecho cinco llamadas de diez minutos cada una y no ha cogido ninguna. Igual debería haberme saltado la rutina. Con la cara entre las manos miro por la venta, igual ha sido un mal entendido, igual el vestido rojo no está hecho un rebujo al pie la cama de un desconocido, igual ningún vecino de arriba está cagándose en mi mujer. Igual.     ¿Por qué la luna ya no se ve reflejada en la mar? ¿Dónde mierdas se ha metido? No me puedo creer que la tormenta ya esté aquí. Pero si. La mar está picada, y la luna ya no está.

Apago el ordenador. Probablemente me despidan, demasiado trabajo atrasado, pero necesito encontrar la luna. Mi madre de pequeño me decía que como nací en la mar cuando no supiese algo, ella sabría. Pero no, me ha quitado el brillo de mi luna. Debería dormirme, esperar a mañana, a que la mar deje de estar negra, quizá yo también deje de estarlo.

Y con la cama más fría que ningún otro 13 de Noviembre en toda mi historia de gallego, intento dormirme. Pero la tormenta no me deja. Truenos. Lluvia. Y mareos. La cama sube, baja, vuelca, me golpea por todos lados. Y truenos. Y lluvia. Y  más mareos. Y la cama que sube, baja vuelca, me golpea por todos lados. Truenos, lluvia, mareos, la cama, golpes de mar, no creo que lo pueda resistir mucho más. Truenos, lluvia, truenos, lluevo, mareos la cama que...

A las 4.30 llega Lua. El rimmel corrido, el pelo completamente despeinado y su cara de susto al verme me hacen pensar que igual la peli era de miedo.

Y me echo a llorar. En 11 años es la primera vía de agua que me abre.


Lo que yo no sé es que soy monocasco, que es la primera y la última. Lo que yo no sé es que mañana cuando amanezca, la mar, mi mar, no habrá dejado de estar negra. Y por su puesto, permaneceré fiel a la ría y por nada del mundo yo dejaré de estarlo.

Lua ha desaparecido para siempre. No nos volveremos a reflejar. Yo el barco, ella la tormenta.

-madrugada del 13 de Noviembre, 2002-


Lo que él tampoco sabía era que esa gente del periódico que empezó a destrozar su noche, 6 días después lo hundiría por completo. Decidirían jugar a ser médicos no siendo ni curanderos. Médicos que se irían al bosque a cazar cuando viesen que, ciertamente, no saben cómo curarlo, cómo sacarlo de su depresión, cómo hacer que en su mundo negro se reflejen al menos las estrellas. Médicos que lo matarán.


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